domingo, 16 de diciembre de 2018

Pestañeo

Cuando cerramos los ojos pasamos a formar parte de un todo, todos. Compartimos la misma oscuridad, el mismo silencio, o por ahí el cantar de algunos pájaros a los lejos. Nos conectamos a través de alguna cosa que no es éter pero debe ser algo parecido. Nos reconocemos como solamente unos cuantos puntos en el universo que innecesariamente gastan vida buscándole explicaciones a las cosas, cuando quién sabe si realmente las tienen, si realmente importan.

Cuando cerramos los ojos nada más importa, y debe ser lo único que valga algo en este sin sentido, o tal vez lo único que realmente lo tenga. Entendemos que la música es música, no por el sonido, sino por sus silencios. Y la vida es vida por sus pausas y no por sus prisas.

Cuando abrimos los ojos volvemos a la realidad pero modificada, con nuevos aires, nuevas intenciones, nuevas ganas. O la realidad solo se presenta ante nosotros, tal cual es, cuando cerramos los ojos?. Es posible, porque el tiempo transcurre de otra manera, aprovechamos cada segundo, y notamos el valor de cada uno de ellos.

Cuando abrimos los ojos notamos que en realidad no hay prisa, que no la necesitamos. Que el tiempo realmente no transcurre apresurado, sino nosotros, y para qué?.

Todo es, se deshace y vuelve a ser. Todo sobrevive, todo se transforma, pero sigue siendo, estando. Todo vuelve a estar ahí, exactamente donde lo dejamos, pero tal vez modificado, adaptado a la nueva realidad, y que segundo a segundo es otra nueva. Tal vez no era mentira la segunda ley de la termodinámica. Pero seguimos, no se acaba, no se agota. Tiempo hay. Tiempo hay?.

Cuando cerramos los ojos, podría ser domingo por la tarde y nos permitimos una pausa para tomar impulso. Nos permitimos ser arrastrados por la inercia, entendemos que por momentos está bueno permitirnos una especie de modo "ahorro de energía" y que está bien igual. Por momentos está bueno que la inercia gane, mientras recuperamos fuerzas.

Cuando abrimos los ojos, notamos que todo es un pestañeo, una bocanada de aire fresco, que mucho más -en este universo- no hay. Que podría ser lunes y todo vuelve a comenzar.

Cuando cerramos los ojos nos acercamos.

Cuando abrimos los ojos nos damos tregua.

martes, 13 de noviembre de 2018

África

Lo que Stevenson no nos cuenta en su novela es de aquella salida de Hyde, bien entrada la noche, aquél día en que ya no sentía que pertenecía a algún lugar sino que por el contrario todos los lugares, todos sus espacios, ya le habían sido arrebatados.

En esa noche bien inglesa, entre humos y neblinas, escapándose de todo se encontró con una cúpula abandonada y oscura, solo alumbrada a la penumbra de la luna.

Se detuvo unos minutos antes de entrar, enfrente, a contemplar el edificio abandonado creyendo que podía haber guardias custodiando aquél lugar. Era una cúpula sostenida por varios pilares pintados de rojo hacía ya mucho tiempo, y en su interior se encontró con habitaciones alrededor.

Antes de pasar frente a la puerta de la primera había un espejo que llegaba hasta el suelo, donde pudo mirarse y vio que -si bien se sentía Hyde- tenía el aspecto de Jekyll. Al principio se vio sobresaltado por esta imagen que no lograba entender pero supuso que se debía a algún mecanismo ciertamente mágico de aquél espejo antiguo con la superficie llena de una fina capa de polvo.

Al abrir esta puerta se encontró con un señor de camisa negra, en un cuartito muy pequeño, que dormía o fingía que dormía, con la rosa de Coleridge en la mano. Cerró la puerta de golpe y prefirió no volver a abrir ninguna, en cierta forma se había sentido identificado con este señor y eso le produjo una rara sensación de miedo y extrañeza.

Decidió recorrer en el interior de la cúpula pasando frente a todas las puertas sin volver a abrir ninguna. Cuando llegó a la última, que completaba el círculo interior y le conducía a la salida -le devolvía a la entrada porque éstas coincidían- no pudo resistirse a la tentación de abrirla, de todos modos era la última y ya estaba saliendo. Cuando la abrió fue grande su sorpresa, para no decir susto, porque se encontró con el mismo señor de camisa negra de la primera puerta, durmiendo o fingiendo que dormía.

Se preguntó qué significaba esta escena, quién era este señor, que se repetía en la primera y última habitación. Hasta que pudo notar que estas puertas eran en realidad la misma, y la cúpula en realidad era un círculo de una sola puerta, no solo la primera y la última coincidían, sino todas ellas entre sí.

A la salida se encontró con otro espejo que también llegaba hasta el suelo, y le dio mucha intriga mirarse porque durante el trayecto a través del interior de la cúpula había sentido haber pasado por alguna inexplicable transformación, ya no se sentía Hyde, sino que reconoció que en algún momento en la mitad del trayecto en el interior había mutado -sin explicación alguna- a Jekyll.

Cuando se paró frente al espejo, fue mayor el asombro todavía, con la confirmación de su sensación, porque pudo notar que ahora ya tenía la apariencia del cuerpo de Hyde...y siendo, conscientemente, Jekyll. Es decir, ocurría exactamente lo contrario a lo que había pasado con aquél primer espejo.

Al salir apresuradamente, ante estas visiones demasiado extrañas, pudo ver que la luna no se había movido, seguía en el mismo lugar en el que estaba anteriormente y tenía la misma forma de antes, al bajar la mirada pudo notar que estaba en un lugar que no conocía, en el medio de nada, estaba en África.

Volvió la mirada atrás y la cúpula ya no estaba, se había esfumado, creyó que había sido un mal sueño pero tenía aquella rosa en la mano.

Y se preguntó qué fue lo que pasó en el interior de la cúpula y si el tiempo había transcurrido realmente. Y se miraba, y miraba, y ya no encontraba diferencia alguna entre Hyde y Jekyll. Además, no sabía cómo volver a Inglaterra, ni en qué forma o apariencia prefería hacerlo.

Stevenson esto no nos cuenta, que Hyde en cuerpo de Jekyll atraviesa de noche un laberinto -de muchas puertas que eran una sola- y termina como Jekyll en cuerpo de Hyde (sin notar la diferencia) en África, en un abrir y cerrar de ojos. Y que no sabe cómo volver atrás, a su lugar -que ya no era-. Y que le resulta indiferente la apariencia, porque ya daba lo mismo.

Stevenson no nos cuenta. Al final Jekyll, en cuerpo de Hyde, se encuentra perdido a la salida de un laberinto, con una rosa en la mano, sin entender que pasó, en África.

martes, 30 de octubre de 2018

Inercia

Y con férrea insistencia la palmera en medio del desierto quiere seguir siendo la misma, quisiera no cambiar, aún cuando la blanca arena cambió de color, ya no pasan camellos y hasta el oasis se mudó a la ciudad. Para qué? Se pregunta, tiene fe que todo volverá, que es un espejismo, un mal sueño o, bien, una pesadilla. De la que supone algún día despertará. Y qué puede hacer? Lo supone porque no tiene quien pueda hacerle notar su equivocada suposición. La palmera no quiere alterar más el equilibrio del desierto, no quiere tocar ni cambiar nada, podría ser para peor -piensa-, mejor que todo fluya como pueda y deba ser en este acorralamiento de la inercia, y al final se verá, pero no quiere participar en esta metamorfosis condicionada. Porque se le ocurre que si pudiera viajar en el tiempo, al pasado, tampoco tocaría nada, para que todo siga su curso y sea como deba ser, para no empeorar las cosas (mucho menos tocaría el futuro). Porque piensa que todo lo que sucede debe ser así y está bien así. No podría estar mejor. Quiere pensar. Ensimismada en este pensar, escuchó de repente, de la nada misma, un rumor al atardecer que la hizo bailar en su triste burbuja de desolación. Eran unas notas que había escuchado hacía ya mucho tiempo pero no recordaba, ni sabía de quién eran. Eran unas notas que la hicieron olvidarse del desierto, del camello y del oasis, que la hicieron solo pensar en ella misma. Le devolvieron la chispa que la caracterizaba, sintió cómo se le cayó el halo de misticismo que le rodeaba los ojos, y pudo ver el horizonte al atardecer. Mientras todo movimiento alrededor, en ese espacio vacío, se detenía. Toda vibración, todo tiempo, se detenía. El tiempo no pasa si no hay movimiento, cayó en la cuenta. Y entendió como lidiar con aquellas cuestiones temporales y espaciales de espacio-tiempo. Llegaba la noche que la apuraba y tenía que decidir. Quería seguir siendo palmera aunque ya no quedaba nada de lo que era alrededor, y todo era como vestigios de lo que fue y, tal vez, lo que pudo ser. Todavía escuchaba estas notas. Las repetía una y otra vez. Confió que todo lo lindo volvería, de todas maneras todo lo lindo todavía vivía en su memoria. Quizo no tener que cambiar. Y sin desierto, camellos ni oasis, notó que todo esto nunca estuvo en realidad, sino que -contrariamente a lo que pensaba- esto fue el espejismo y ahora podía ver el vacío tal cual siempre fue. Apuró la noche. Decidió seguir siendo palmera, no cambiar, cerró los ojos, los abrió. Pudo ver nuevamente el desierto, camellos a lo lejos, un oasis. Y cuando se vio reflejada en el agua, ya no era la palmera que siempre se supo, sino una hoja soplada con el viento, iba con fuerza, y estaba bien para esta hoja, todo muta -quiso entender-. Todas las hojas son del viento, recordó en alguna canción y ahora entendía el porqué. Sonrió a la quietud, ya todo mutó antes -buscó consuelo-.

Y sonrió a la inercia.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Yo para vos

Hoy más que nunca siento tu ausencia en esta fría noche, la cama vacía me parece más grande y me sobran brazos para atesorar recuerdos a tu lado. Hoy saldría a buscar alguna lámpara de Aladino que te traiga hasta acá, o me lleve hasta allá, donde estás. Hoy en esta noche tan larga.

Hoy se me hace difícil estar lejos, no es una noche normal, no hubo "avisame cuando llegás" y el horno no está para bollos. Hoy me doy cuenta de todas las veces que fui demasiado idiota cuando yo creía que expresaba mis sentimientos. Hoy cambiaría todas esas idioteces por un beso más.

Hoy más que nunca puedo notar todas mis imperfecciones, de las que tanto me arrepiento y no me alcanza con todos mis perdones. Hoy el devenir me da tanta bronca que patearía a mi perro que se me pone en el camino y me mueve la cola -como si hubiera motivos para ello-, rompería algún vaso en el que tomo agua para que el vino que juntos tomamos no me pegue tan mal, fumaría un cigarro más, uno más, uno más... Pero sin vos no tiene sentido, y ninguno de estos arrebatos me llevaría a algún lugar, donde estés.

Hoy el azar dio otro número, y otro color, nos juega una mala pasada, nos moja la oreja, intenta descubrir de qué estamos hechos... Para qué estamos. Bancamos la parada? Lo tomamos o lo dejamos? Hoy más que nunca quisiera detener el tiempo como otras veces -quizá con más razones hoy-, con vos en esta madrugada, diciéndote tantas cosas que muchas veces no pude, cantándote por ahí, besándote la frente, leyendo a Cortázar, viendo esa serie que tanto te gusta... Haciéndote saber todo lo lindo que generás en mí.

Ayer pasamos ya tantas cosas, lindas y no tanto, tantas noches, tantos "buen día", tantos vinos, cigarros, besos, abrazos, llegadas tardías, llegadas puntuales, sonrisas, fuentes, balconcitos... Las pasamos, juntos, y hoy seguimos, con aprendizajes que nos dejan mejor parados para lo que se pueda venir, listos para el siguiente round de la vida... Ayer, tantas cosas lindas.

Mañana uno nunca sabe pero quisiera saber, quisiera lo lindo del ayer, los "buen día", vinos, cigarros, besos, abrazos... Pero este round puede ser un poco más duro, el azar siempre se pone más desafiante, no? Lo mismo la vida. Mañana si sé una cosa, que estoy dispuesto a remarla por los dos, porque yo no te bajo de la canoa, y sé que el camino ya fue largo -bien por nosotros- pero hay que pelearla todavía, y más, y más. Mañana yo banco la parada, te quito los remos, acepto que bajes los brazos y descanses, que tomes fuerzas y recuperes el aliento. Ponete bien. Mañana quiero remar por los dos.

Hoy, lejos, debés saber que te podés apoyar en mí, que estoy, así como estuve, así como voy a estar... En este round no estás sola, me tenés a mí, dispuesto, con ganas. Hoy como ayer, anteayer y antes, puedo esperar horas -sin éxito- en aquél café, a que aparezcas y nos des un beso más, puedo volver con bronca contra el (mal)azar que te hizo desaparecer, esperar el bus que nos lleva -solo- que me traiga hasta esta cama -tu cama- vacía porque no te encontré. Hoy tengo ganas de tener fuerza por los dos, para los dos, y que no sea necesario porque la peleamos -y la ganamos- juntos los dos.

Hoy... Vos para mí, porque sos linda.
Mañana... Yo para vos, porque te quiero.

domingo, 15 de julio de 2018

Egoísta

Que egoísta de mi parte que se genere en mí -cuando te escucho decir feliz que tenés una buena noticia y me hacés sonreír- el pensar que eso significa que encontraste un hueco para nosotros donde podamos escaparnos un rato de la ciudad y del mundo, que pareciera ser cada vez tiene menos de mundo, de momentos, de gente viviendo.

Que egoísta pretender que tu felicidad está ligada a nosotros, vos y yo, pretender que las demás cosas son solamente accesorios, y pretender que todos los caminos conduzcan a Roma.

Es egoísta sentir lo mismo que un desengaño mientras vos ves la otra cara de la moneda, el lado oscuro de la luna, y estás del otro lado del muro de los lamentos.

Es egoísta tener que intentar -brutamente- acompañar el motivo de tu felicidad, sintiéndome chico y sabiendo que no fue por causa mía, y que no fluya dentro de mí como los cafés que me preparo y se enfrían con los cuales intento burlar al tiempo.

Que egoísta decirte que tengo ganas de verte cuando no te pregunto ganas de qué tenés vos, dando por descontado que posiblemente querés lo mismo, aunque debo reconocer que muchas veces me demostraste que tenemos las mismas ganas pero por esas cosas inexplicables del destino no se nos da. A esperar, otra vez, qué va a ser. El azar debe estar jugando a las escondidas.

Y haciendo honor a la verdad, lo entiendo todo y me pongo en tu lugar, puedo razonar y comprender lo que me decís y entiendo que es lo correcto, que está bien, y que tu felicidad es motivo de la mía. Pero tal vez haya dos cerebros y uno se encargue de la razón y el otro de la emoción, porque entiendo que hoy tampoco te puedo ver -y sos feliz igual, por otra cosa- e igual tengo tantas ganas. Que egoísta.

sábado, 14 de julio de 2018

Despedidas

Birrita en la vereda, y un poco de humo en el medio, viendo gente pasar como apurada por llegar a algún lugar. Aunque no sepan que mejor que ir es estar, con la persona que querés hablando de cómo arreglar el mundo sin llegar a nada concreto pero arreglando el nuestro en ese espacio sin tiempo. Aunque sea tarde en la noche y haya que volver.

Por ahí dando la espalda a toda esta gente que va a ningún lugar al fin, a los coches que pasan muy de prisa quién sabe por qué, a la calle llena de baches que no se va a arreglar más. Por ahí aislarse del resto de todo en ese momento. Por ahí hacer silencio porque los dos pensamos en una birrita más -podemos medir el tiempo juntos en birra, vino o cigarros- aunque por ahí todo esto es una excusa para alargar el tiempo juntos sin asumirlo del todo guardándonos un poco pero mirándonos fijo y sonriendo porque nos conocemos y nos leemos y sabemos y es lindo. Por ahí retroceder el tiempo solo para repetir ese par de besos tiernos que vos me das cuando yo -tontamente- busco los agresivos. Muchos por ahí. Por ahí no tener que irnos.

Irnos al fin, físicamente pero no en espíritu porque seguimos ahí en esa vereda con esa birrita que estuvo desde el primer beso que nos dimos hace ya mucho tiempo y en ese mismo lugar, es probable que también por eso nos guste tanto.

Juguetear con las manos, compartir el silencio, verte dormitar exhausta por la noche anterior en la que no dormimos, como en una película en blanco y negro donde solo falta el lento en inglés y la cocina de tu casa donde bailamos pegados y cantamos y cocinamos juntos.

Terminar bien un sábado de noche, tener esperanza para el domingo de siesta que nos puede encontrar veraces sintiendo lo que sentimos en el fondo, viviendo lo que queremos en el fondo, estar felices y ansiosos de esperar que llegue y repetir este círculo vicioso, repetir lo que somos, porque dejamos de ser cuando nos vamos.

Acompañarte en silencio y con cierta tristeza esas cuadras a tu casa que quisiera que sean más largas, agarrarte la mano fuerte con ganas de no soltarte, de no dejarte encontrar tus llaves.

Llegar al fin, querer darte tanto y no saber el orden -abrazo y beso o beso y abrazo, todo junto?- vacilar, desear que me digas "que hora es?" dándome a entender que podemos demorarnos un cigarro más. Pero hoy no, hoy está todo más que bien, hoy fue un día largo y hay que descansar. Buscar entonces hacer contacto con tu oreja izquierda para besarte mejor -siempre fue la derecha pero te pusiste otro piercing y te duele-. Darte un beso que quisiera durase más, pensar "quedate", abrazarte, dejarte ir y verte la espalda implacable que no se volverá y escuchar las llaves mientras entrás.

Decirte que te quiero y que vos me lo digas de la misma y otras formas, con otras palabras tal vez, como con un "avisame cuando llegás".

Mirarnos fijo y acordarnos de aquella charla donde soñamos lo lindo que sería rajar a vivir juntos para no tener despedidas.

jueves, 21 de junio de 2018

Cosas locas

Se me ocurren cosas locas.

Por ejemplo, llegar juntos a nuestra casa a medianoche, después de un día agotador, pero al llegar renovar fuerzas y tener tiempo para nosotros y olvidarnos del mundo. Llegar juntos a nuestra casa y no tener que despedirnos en esa esquina donde vos vas a la tuya y yo regreso a la mía. Aunque nos separen menos de veinte cuadras, llegar juntos a nuestra casa.

Se me ocurren cosas locas. Que vengas a visitarme y quedarte conmigo todo el fin de semana. Que me cantes todas esas canciones que te gustan mientras yo, tontamente y ebrio, intento acompañarte de la manera más digna con la guitarra y esa púa que me regalaste.

Que veamos series y películas juntos. Que leamos el compilado de cuentos ese de Cortázar que compramos para ello, juntos, alguna vez. Que juguemos a las cartas y que con ellas hagamos trucos de magia. Cenar y tomar helado para seguir luego con un par de vinos. Que me hables de la vida, la luna y los extraterrestres. Que me abraces por detrás por algunas fotos que te regalé y yo no pueda girar para besarte.

Y tirar un colchón al suelo, abrazarnos. Y matarnos a besos mientras se van la luna y la noche. Matarnos. Y seguir, sin tiempo, al despertarnos. O, tal vez, viajar lejos de la ciudad a acampar bajo un cielo estrellado a orillas de un lago.

Cosas locas se me ocurren. Visitarte yo y darte mil y un besos en la cocina mientras cocinamos juntos, tarde en la noche, y tu familia duerme. Tomar whisky con un par de cubos de hielo, que me cuentes del mar, de nadar, y ese libro que estás terminando. Hacerte una grulla con alguna frasesita que intente pintar, mínimamente, aquello que siento siempre y a veces no te digo. Tomar un té bien amargo que me hacés probar por primera vez, al igual que esas exóticas comidas orientales que solo vos conocés.

Entre las cosas locas que se me ocurren está el vernos todos los días entre semana, cuando salís del trabajo y yo te busco. Olvidarnos de nuestras responsabilidades para no desperdiciar el tiempo, que es lo que hacemos el resto del tiempo cuando no estamos juntos. Olvidarnos de los escrúpulos. Y tomar ese helado que tanto nos gusta, en un shopping, hasta que los análisis digan que tenemos diabetes pero de tantos besos y tantas risas.

Se me ocurren cosas. Dejar que se nos haga tarde a la noche, ir juntos a esperar el bus, encender un par de cigarrillos, besarnos entre estelas de alquitrán.

Que avises en tu casa que llegás tarde. Y que dejemos pasar todos los buses, hasta quedarnos sin ninguno.

Se me ocurren cosas locas.

Besarte mucho, dije?